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El santuario – trigésimo tercera parte

Beer, por d_diony
Beer, por d_diony

Teresa también quiso que Ignacio le pusiera al corriente sobre lo que había acontecido durante su escapada. Especialmente, le interesaba saber todo lo que tuviera que ver con Laura. Después de comer, Ernesto volvió a cambiarse para volver a la oficina, como había temido Ignacio, así que se quedaron los tres tomando café en el porche de la casa. Ignacio les contó también a su madre y a Teresa acerca de la ruptura con Marta.

 

                —La verdad es que esa chica no me gustaba nada, hijo —reconoció su madre—. No te trataba nada bien.

                —Yo no puedo decir nada porque nunca coincidí con ella, pero por lo que cuentas debía ser de aúpa, Ignacio —dijo Teresa mientras se estiraba distraída uno de sus rizos.

 

Ignacio recordó que Laura le había hecho la misma apreciación que su madre unas semanas atrás, justo el día que rompió con Marta. No estaba seguro, pero creía recordar que había empleado exactamente las mismas palabras que Pilar.

 

                —¿Y cuando dices que vas a por tus cosas? —preguntó Teresa sacándolo de sus pensamientos.

                —Este sábado. Marta no va a estar en casa porque ha coincidido con que se va fuera a pasar el fin de semana, o eso me ha dicho…

                —Bueno, hijo, pues tú te coges tus cosas, dejas la llave y te vas… y luego, cada uno por su lado —le aconsejó Pilar.

                —Yo creo que te va a liar alguna, Ignacio —dijo Teresa para su sorpresa.

                —Bah, no creo…

                —A mí me parece la típica tía dominante que no se va a conformar así, sin más —explicó ella—. Ojalá que no, pero algo me dice que no te lo va a poner tan fácil.

 

Ignacio se quedó mudo unos instantes mientras trataba de imaginar distintas escenas en las que Marta tomaba algún tipo de represalia contra él. Se visualizó encontrando todas sus cosas en el cubo de la basura el sábado por la mañana. Luego ella llamaba a la policía y venían a arrestarle pos supuestos malos tratos y por último, que la propia Marta se le tiraba encima como una fiera salvaje y empezaba a arañarle el rostro en un ataque de rabia. Aunque no la creía capaz de aquellas cosas, le perturbó un poco imaginar todo aquello.

 

Cuando Teresa se hubo marchado, Pilar aprovechó que se quedaba a solas con su hijo y le preguntó por su padre. A Ignacio esto le sentaba mal, pues a menudo sentía que sus padres le ponían en medio, aun cuando hacía años que se habían separado. Sin entrar en detalles, pues no quería preocupar a su madre innecesariamente, le habló del estado en el que se encontraba su padre.

 

                —¿Y por qué no le llevas a un psicólogo o al psiquiatra? —sugirió su madre.

                —Pues porque se cierra en banda. Si solo bajar a la calle a que le dé un poco el aire ya supone un triunfo.

                —Ah, pero tú le llevas a la fuerza, hijo, aunque no quiera… Se lo planteas como una obligación. Te voy a pasar el teléfono de una psicóloga a la que está yendo la hermana de Ernesto. Está muy contenta con ella, dice que ha mejorado mucho.

                —¿Y qué le pasaba? —quiso saber Ignacio.

                —Pues yo creo que un poco como a tu padre, que estaba depre y desmotivada.

                —Bueno, por intentarlo… —suspiró mientras se recostaba en su asiento con cierto hastío.

 

Ya de regreso se encontró a su padre frente a la tele, como de costumbre. Entró en el cuarto y le saludó tratando de evitar que su tono de voz denotara la apatía que le producía verle así. Su padre respondió sin desviar la mirada siquiera un momento de la pantalla.

 

                — ¿Qué se contaban tu madre y el capullo del banquero?

                — Lo de siempre —respondió Ignacio ignorando el sarcasmo de su padre—. Ah, recuerdos de parte de mamá.

                —¿Te ha preguntado por mí?

                —Siempre me pregunta por ti… Ya lo sabes.

                —Bah, como si le importara —dijo su padre con desdén—. Lo hace por puro compromiso.

                —Como tu digas, pero creo que es un detalle.

 

Su padre refunfuñó algo para sí mismo que Ignacio no llegó a oír claramente y continuó sin prestarle demasiada atención.

 

                —Hace muy buen día. Vístete y vamos a dar un paseo… que te de el aire un poco.

                —Ahora no, que va a empezar una película de John Wayne.

                —Pues la grabas, venga, arréglate. No te lo voy a volver a decir… Salimos en veinte minutos.

 

Para sorpresa de Ignacio, emplear unas palabras y un tono de voz firme surtió mucho más efecto de lo que habría esperado. Su padre apagó la televisión algo atónito y se dirigió a su cuarto a vestirse, casi sin rechistar. Al cabo de veinte minutos exactos, estaba compuesto y listo para bajar a la calle. Anduvieron una media hora y después Ignacio consideró que debía premiar de alguna forma la buena disposición que había mostrado su padre, así que le invitó a tomar una caña en una terraza. Estuvieron hablando y la conversación fluyó más distendida entre ambos. Ignacio apenas recordaba la última vez que había mantenido un diálogo de más de cuatro frases con su padre. No le había contado nada acerca de Laura, y aunque se sentía algo incómodo tratando cualquier cuestión que implicara sentimientos con él, le pareció que era lo más justo después de haberlo hablado con otras personas. Le hizo un resumen y su padre le escuchó con atención. Después preguntó.

 

                —Te gusta mucho esa chica, ¿verdad?

                —Creo que sí —reconoció Ignacio—. Pienso mucho en ella y la echo en falta a menudo desde que me vine, así que debe ser que sí.

                —Pues díselo. Igual podéis arreglaros… ¿Has pensado en irte para allá?

                —Sí, pero es un poco locura, ¿no?

                — ¿Por qué? No tienes nada que te ate. Vive la vida, hijo, que aun eres joven —respondió su padre mientras apuraba su vaso de cerveza.

                —Yo no lo veo tan sencillo, papá… Para empezar, estás tú y…

                —Yo no necesito que me cuiden —le interrumpió su padre—. Al menos de momento, y el día de mañana ya me buscaré un retiro por ahí.

                —Pero mírate, hombre… Si casi te he tenido que sacar a rastras de casa. Normalmente malcomes, no te cuidas apenas…

                —A mí no me pongas de pretexto. Si quieres hacerlo, eres muy libre —sentenció su progenitor.

                —Ya, papá, pero yo en conciencia no puedo irme tranquilamente sabiendo que estás así y que te encuentras mal.

 

Su padre permaneció unos instantes pensativo, después tomó aire y continuó hablando.

                —Mira, hijo, yo te lo agradezco, pero no puedes hipotecar tu felicidad por mí… Bueno, ni por mí ni por nadie… Si te gusta esa chica piensa con detenimiento lo que quieres hacer realmente.

 

Y dicho esto, levantó la mano haciéndole un gesto al camarero para que les sirviera otra ronda.

 

 

Continuará…

 

 

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