91 217 32 81 - 615 908 332 correo@advitampsicologos.es Plaza del Ángel, nº12 (Madrid) Abierto de 9h a 20h

El santuario – última parte

Cuando volvió al piso de Laura se encontró a la chica de pie en la cocina, vestida solo con una camiseta y preparando algo de desayunar.

 

                —Hey, guapo, ¿dónde estabas?

                —Salí temprano a dar un paseo —respondió Ignacio mientras trataba de recuperar el aliento tras subir los tres pisos.

                —¿Quieres? —dijo la chica mientras le acercaba una taza llena hasta la mitad de café humeante.

                —No gracias, no quiero tomar nada excitante.

                —Tranquilo, es descafeinado. Anoche estabas muy inquieto, te removías mucho en la cama. Pensé que estabas teniendo alguna pesadilla.

                — ¿Si? No recuerdo lo que soñé —comentó distraídamente mientras trataba de apartar de su mente el recuerdo de la ansiedad que acababa de experimentar hacía tan solo un par de horas. Aceptó la taza y comenzó a beber el café a pequeños sorbos. Aunque estaba muy caliente le reconfortó—. ¿Dije algo en sueños?

                —No, solo te agitabas y respirabas muy fuerte, como un animalillo—. La chica se acercó hasta él sonriendo y pegándose a su cuerpo depositó un cálido beso sobre sus labios.

                —Así que como un animalillo, ¿eh?—. Comentó Ignacio fingiendo exasperación mientras la agarraba por la cintura con la mano con la que no estaba asiendo la taza.

                —Sí, como un perrito asustado. Hasta emitías algún que otro gemido.

 

En ese momento a Ignacio le cambió un poco la expresión de la cara. Estaba tan preocupado porque Laura no se percatara de sus miedos e inseguridades, que había olvidado momentáneamente lo que había experimentado al pie del viejo roble, frente a la estación.

 

                —¿Estás bien, guapo? Espero no haber metido la pata…

                —No, no es eso, tranquila… Verás, es que esta mañana me he despertado con mucha ansiedad y…

                —Vaya, lo siento. ¿Estás estresado? Ahora te puedes relajar aquí unos días conmigo.

 

Mierda, ¿sólo unos días? Lo que quiero es relajarme contigo el resto de mi vida—. Pensó Ignacio.

 

                —No, lo que quiero decir es…

                —Puedes contármelo, si quieres —le interrumpió la chica hablando muy rápido y visiblemente nerviosa—. Aunque no hace falta, ¿eh? Lo que tú quieras, Nacho.

                —¡Laura!

                —¿Si?

                —Déjame hablar, por favor.

                —Lo siento —respondió ya en un hilo de voz y mirando ruborizada hacia el suelo.

 

Ignacio sentía como se iba haciendo un nudo en la boca de su estómago. Tenía que soltarlo ya.

 

                —No pasa nada. Es que no es fácil decir esto.

 

Laura lo miraba con una expresión mezcla de impaciencia y emoción contenidas.  Resultaba evidente que estaba elaborando en su cabeza toda clase de ideas sobre lo que Ignacio estaba a punto de decirle, y algunas de ellas no del todo positivas. A pesar de ello se mantuvo en silencio, escuchándole, tal y como él le había pedido.

 

                —¿Te acuerdas cuando llegué ayer por la mañana y te fijaste en que había traído mucho más equipaje que la otra vez? ¿Recuerdas lo que me dijiste?

 

Como aún le costaba verbalizarlo directamente, le pareció que la mejor manera de hacérselo llegar era guiarla mediante preguntas para que ella misma llegara a la conclusión. Los ojos de la chica se abrieron entonces mucho y comenzó a hablar de forma entrecortada, como si tuviera que pedirle permiso para expresarse.

 

                —¿Q-Quieres decir que vas a quedarte más t-tiempo?

                —Bueno, digamos que aún me queda mucho más equipaje que traer —respondió Ignacio mientras forzaba una sonrisa de medio lado.

                —Entonces… ¿piensas quedarte todo el tiempo…? ¿Aquí, conmigo?

                —Sí —y sintió un gran alivio al notar como el nudo de su estómago se aflojaba.

                —¿De verdad?

                —Sí… bueno, si te parece bien, claro.

Laura comenzó a sollozar mientras las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas. Era un llanto totalmente desconsolado, como el de una niña pequeña. Le hacía sacudirse de forma brusca y le impedía articular las palabras. Ignacio, desconcertado, la abrazó fuerte tratando de calmarla.

 

                —¡No llores! Pensé que te haría ilusión.

 

La chica le apartó un poco y solo fue capaz de asentir entre lágrimas, pues aun no le salían la voz.

 

                —¿Si? ¿Te parece bien? —preguntó tratando de entenderla. Ella asintió con más energía, lo que le produjo cierto alivio—. Si te parece forzar las cosas puedo alquilar un apartamento y vamos viendo…

 

Entonces Laura comenzó a negar entre sollozos y después, con gran esfuerzo, logró emitir unas pocas palabras.

 

                —N-no… Quiero que te quedes.

 

Ignacio volvió a abrazarla con más fuerza. Las lágrimas de la chica le mojaron la camiseta pero no le importó lo más mínimo.

 

                —¿Por qué lloras? —Le preguntó mientas la estrechaba cariñosamente contra su pecho—. Pensé que te haría ilusión.

                —Claro que me hace ilusión, Nacho —respondió ella algo más serena—. Es lo que más feliz podría hacerme… Son lágrimas de felicidad.

                —¿De felicidad? No sabía que se podía llorar y estar alegre al mismo tiempo.

                —Sí, como de emoción contenida… ¿Nunca has llorado cuando has sentido una felicidad que te desbordaba? Como al ver cumplido un sueño muy importante para ti, por ejemplo.

                —Supongo que sí, pero no recuerdo… El caso es que ahora mismo debo sentir algo parecido a eso que dices —comentó pensativo Ignacio.

                —¡Pues llora, tonto!

                —Me da vergüenza —dijo algo ruborizado mientras se frotaba la nuca.

 

Laura comenzó a reír descansando la cabeza otra vez sobre su pecho. Permanecieron largo rato abrazados de pie, en silencio. No se dijeron nada más, pues todo lo importante había sido dicho ya. Los gatos de la chica fueron los únicos testigos mudos del cariño que se profesaban. Pipo se paseaba entre las piernas de ambos para hacerse notar, mientras que Manchitas les observaba prudente desde su cesta, con los ojos entrecerrados.

 

 

                           FIN

 

 

 

                Espero que hayas disfrutado de este relato y también, humildemente, que te haya podido aportar alguna que otra conclusión valiosa a lo largo de su lectura. Te animo también a que comentes a continuación acerca de los aspectos que más te hayan llamado la atención, para bien o para mal, y también sobre las situaciones en las que te hayas podido ver reflejado o reflejada.

Gracias por tu valioso tiempo.

 

                             Jorge A. Calzado

 

 

 

 

 

7 comments on “El santuario – última parte

Reply

Me parecido un relato muy tierno y verídico. Los personajes muy reales,en definitiva una historia que te trasmite.enhorabuena Jorje.Un Abrazo

Reply

Es muy bueno Jorge, he descubierto una faceta tuya en la que te desenvuelves perfectamente. Los personajes te llegan y la historia engancha.
Te felicito por tu primer relato y ya estoy esperando el segundo para leerlo también. Un beso

Reply

Es estupendo, Jorge. Lo he seguido con interés de principio a fin. El relato es muy completo: además de estar bien escrito y personajes muy bien construidos, va ilustrando de manera muy constructiva los episodios de ansiedad y cómo los va superando serenamente. Me ha encantado. A por el próximo ya? Bien!

Reply

Gracias a ti por tu trabajo Jorge; en general me ha gustado mucho, me ha parecido cariñoso el trato de los personajes y romántico, destaco la independencia y a la vez, la dependencia de los actores y su lucha por lograr sus deseos y su felicidad. Enhorabuena, besotes Jorge.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *