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El santuario – undécima parte

Beach bonfire, por Henry
Beach bonfire, por Henry

A eso de las diez y veinte Ignacio entraba en el bar con el ramo de lirios en la mano. Laura, al verle, le dedicó una amplia sonrisa. Luego puso las flores en un jarrón muy bonito de cristal y lo colocó adornando sobre la barra. Apenas quedaban un par de clientes y enseguida se despidieron, así que la chica echó el cierre y se puso a dar un repaso rápido de limpieza al local. Ignacio se empeñó en ayudarla, así que ella le entregó la escoba y el recogedor y él, muy voluntarioso, colocó las sillas del revés encima de las mesas para poder barrer más cómodamente. Después pasó la fregona por todo el suelo del bar.

 

                —Oye, si te quedas sin trabajo te contrato, ¿vale? Lo haces muy bien —dijo ella risueña.

                —Ok, espero no tener que verme en la necesidad —respondió Ignacio con un tono lastimero, aunque cuando se detuvo a valorar aquella posibilidad, no le resultó tan terrible.

                —Bueno, ¿dónde me vas a llevar? —le preguntó a Laura—. Que no has soltado prenda y me tienes en ascuas…

                — ¡Jajá! Pues por ahí va la cosa… Casi mejor no te cuento nada, que no se si te va a gustar el plan. Nos acercamos y si no estás a gusto hacemos otra cosa, ¿te parece?

                —Vale, pero dame alguna pista, al menos.   

—Nada… ¡emoción, intriga, dolor de barriga! —exclamó Laura y forzó una risa malévola—. ¿Te importa llevar tú mi coche? Me da un poco de miedo por la noche.

                 —Ok, no hay problema.

 

Transcurrida media hora, estaban ya montados en el coche de Laura y de camino al lugar misterioso. La chica transportaba una mochila bastante grande y pesada, cuyo contenido tampoco quiso revelar. Le iba dando instrucciones a Ignacio desde el asiento del copiloto, mientras este conducía siguiendo sus indicaciones. La carretera asfaltada terminó dando paso a una pista de tierra estrecha y sinuosa. Ignacio aminoró la marcha pues era noche cerrada y los faros alumbraban unos pocos metros por delante del vehículo.

 

                — ¿Estás segura que es por aquí?

                —¡Que siii! —exclamó ella—. Me operé la miopía hace tiempo, ¿recuerdas…? ¡A la izquierda!

                —Ok, ok,… he dejado dicho en el hostal que si no estoy de vuelta mañana por la mañana que avisen a la policía, y les he dado tus datos para que te encuentren. Seguro que llevas una pala en esa mochila y un saco con cal viva.

                — ¡Jajá! Si, es la venganza de “bicho palo”, prepárate… Llevo planeándolo más de quince años.

 

Estacionaron el coche en un lado de la pista de tierra, junto a otros dos vehículos. Al bajarse, Ignacio confirmó la impresión que había tenido de camino al lugar: se encontraban muy cerca de la costa, pues podía escuchar el murmullo del mar y percibir su aroma en el aire fresco de la noche. Laura abrió la mochila y se puso a rebuscar en ella. Se escuchaba un tintineo como de cristal chocando entre sí. Finalmente, sacó un farolillo eléctrico y al encenderlo emitió una luz difusa que se desparramó en todas direcciones. Ignacio se cargó la mochila a la espalda.

 

                —Gracias, caballero —dijo ella en un tono de voz burlón—. Sígame, por favor.

 

Laura le guió por un sendero estrecho que enseguida comenzaba a descender de forma bastante vertiginosa. El sonido del mar se iba escuchando cada vez más próximo a medida que bajaban.

 

                —Ten cuidado donde pones los pies, Ignacio —le advirtió Laura.

                —Me estás llevando a una playa, ¿no?

                —Si, pero lo importante realmente no es la playa, aunque es muy bonita… Es lo que hay en ella.

 

Después de avanzar cuesta abajo durante un buen rato por el sendero, alcanzaron la playa. Siguieron caminando sobre la arena unos metros y enseguida divisaron el resplandor que producían las llamas de una hoguera lo lejos.

 

                — ¿Me has traído a un botellón en la playa? —Preguntó Ignacio entre incrédulo y divertido—. Estoy mayor, Laura…

                —No es exactamente eso… Es que tengo unos amigos un poco hippies. Les encanta todo ese rollo de la bioenergética, conectarse con la naturaleza y esas cosas —explicó Laura—. Lo dicho, si no te apetece nos vamos enseguida, pero sí que al menos quiero que hagamos acto de presencia. Confía en mí, ¿vale?

                —Ok, no hay problema. Pero oye, ¿y la guardia costera? A ver si van a ver el fuego…

                —Es muy difícil que lo vean porque esta playa está muy protegida y queda fuera de la vista desde el mar. Venimos a menudo… Incluso en verano nos hemos bañado alguna vez cuando ha habido luna. No hay apenas oleaje.

 

A Ignacio esta imagen la pareció de lo más sugerente y fantaseó con la idea de bañarse desnudo en aquella playa con Laura. Lamentablemente, en esta época del año el cantábrico estaba demasiado frío, y la perspectiva de sufrir una hipotermia le hizo desechar la idea rápidamente. Tal vez pueda volver este verano —pensó.

 

Ya estaban muy cerca de la hoguera y pudo distinguir a tres personas bañadas por la luz que proyectaban las llamas: dos hombres y una mujer sentados en torno al fuego. Estaban charlando animadamente mientras tomaban unas cervezas. Cuando Laura les saludó se incorporaron para recibir a los recién llegados.

 

                —¡Holaaa, perdón por el retraso!

                —¿Has traído cerveza? —preguntó capciosamente el más alto de los tres, un chico de unos veintitantos años con el pelo largo.

                —¡Siii! —respondió Laura señalando la mochila que portaba Ignacio.

                —Entonces estás perdonada.

                —A ver, os presento… Este es Nacho, chicos —dijo Laura dirigiéndose al muchacho de pelo largo y a la chica, que en contraposición a él, era bajita, pecosa y llevaba el pelo corto. Ambos le dirigieron un cordial saludo a Ignacio—. Ellos son Fernando, “Fer” y Natalia… —Y, bueno, a este ya le conoces… —continuó Laura señalando al otro hombre.

 

Se produjo una confusión seguida de un silencio algo incómodo entre los cinco. Laura y el desconocido, que en apariencia era el más mayor de los allí presentes, se dirigían miradas de complicidad.  Ignacio no entendía nada. Tenía la impresión de conocerle de algo, pero no sabía de qué. Entonces advirtió que tanto él como Laura estaban conteniendo la risa.

 

                —¿Qué te había dicho, Laura? Que no se iba a acordar…

 

Reconoció el timbre de voz al instante. Era Alberto, uno de sus inseparables amigos de la infancia.

 

 

          Continuará…

 

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