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El santuario – vigésima parte

Covadonga, por Mónica Martín
Covadonga, por Mónica Martín

Ese mismo día, Ignacio había quedado con Alberto para comer. Mientras se dirigía al lugar donde debía encontrarse con su amigo, se le ocurrió que podían hacer una visita a Covadonga. El Santuario quedaba a una media hora en coche y Alberto disponía de vehículo. Hacía muchos años que no visitaba aquel lugar y, aunque no era religioso, siempre había encontrado una especie de paz espiritual allí. También quería distraerse y borrar de su mente la imagen de Marta abandonando la habitación del hostal aquella misma mañana. Alberto accedió a la propuesta con la buena disposición que mostraba para casi todo, y ambos se pusieron en marcha. De camino, Ignacio le contó que había hablado con Laura la noche anterior, y también le relató el incidente con Marta que había supuesto el fin de la relación. Alberto le escuchaba mientras conducía y trataba de mostrarse conciliador. Comentaba que quizás fuera algo pasajero y que tal vez más adelante podrían retomar la relación. Como se nota que no la conoce —pensó Ignacio. Aun así, agradeció la comprensión y el ánimo que le mostraba su amigo.

 

En esta época del año el Santuario se encontraba desierto, cosa que Ignacio agradeció enormemente, pues aquel día no contaba con ánimo ni mucho menos paciencia para caminar sorteando una marea de turistas y jubilados. La basílica se erigía imponente, recortándose contra al paisaje montañoso que se levantaba tras ella. Los dos amigos se acercaron al estanque sobre el que estaba enclavada la Santa Cueva, donde se encontraba la capilla que contenía la imagen de la Virgen de Covadonga, y la tumba del Rey Pelayo. El sagrario había sido construido aprovechando una oquedad natural en la pared de la montaña. Debajo, la cascada, que en esta época del año brotaba abundantemente entre las rocas, producía un ruido ensordecedor. En el fondo del estanque relucían numerosas monedas a través del agua verdosa. Era habitual que los visitantes las arrojaran con la superstición de ver cumplido algún deseo.

 

                — ¿Entonces qué vas a hacer, volverás a Madrid? —preguntó Alberto mientras se apoyaba de espaldas sobre el murete que daba al estanque.

                —Tengo que ir pensando en volver, sí… Aunque estos días he adelantado más trabajo del que esperaba.

                —Laura te va a echar de menos —se lamentó.

                —Y yo a ella —reconoció Ignacio con cierto pesar en su voz.

 

Alberto se giró y sacando su móvil, comenzó a tomar fotos del Santuario. El musgo y distintos tipos de enredaderas, crecían profusamente sobre la pared adornando la roca viva.

 

                —¿Sabes? Hace años ya me sonsacaba información sobre de ti —dijo Alberto sonriendo, mientras sostenía el móvil con ambas manos a la altura de sus ojos.

                — ¿En serio?

                 —Si, al principio no me daba cuenta. Ya sabes que siempre he sido algo inocente para estas cosas… pero luego fui cayendo en la cuenta de que me hacía demasiadas preguntas, sobre todo cuando le contaba alguna historia de cuando éramos chavales.

 

Ignacio se sintió halagado al escuchar estas palabras, pero al mismo tiempo algo apesadumbrado por Laura. Aunque ahora era oficialmente libre para estar con quien quisiera, sentía que debía volver a Madrid sin tardanza por distintas cuestiones: el trabajo, atender a su padre, llevarse cuanto antes sus cosas del piso que había compartido con Marta durante el último año y medio… Permaneció unos instantes meditabundo con la mirada perdida sobre el agua del estanque.

 

                  —¿Todo bien, Ignacio? —Alberto le miró fijamente con sus ojos azules y expresivos, como tratando de adivinar los pensamientos de su amigo.

—Eeeh, sí —respondió saliendo de su ensimismamiento.

—Está colada por ti. De siempre además —no había ni un asomo de fanfarronería en su voz.

                  —Ya… —asintió Ignacio sin denotar tampoco vanidad.

 

A pesar de que físicamente se encontraba cambiado, Alberto tenía el mismo fondo de nobleza, casi idealizada, que había mostrado siempre desde niño. La idea de que algunas personas pudieran mantener esa pureza o la ingenuidad propias de la niñez, reconfortó a Ignacio. Él mismo seguía viéndose infantil en algunos aspectos, y se recriminaba a menudo por ello. Comprobar que esa cualidad seguía intacta en su amigo después de tantos años, le ofreció un punto de vista más aceptante y objetivo sobre sí mismo.

 

Pasearon por todo el Santuario y después volvieron a montar en el coche para subir a visitar los famosos lagos Enol y La Ercina. Al bajarse del vehículo, Ignacio tuvo que subirse la cremallera de su chaqueta, pues soplaba un viento frío que le golpeaba en fuertes rachas. Contempló en silencio el magnífico paisaje que se abría ante él. Era digno de una postal, sin duda. El lago Enol estaba enclavado en un lugar privilegiado del Parque nacional de los Picos de Europa. Aunque el propio Santuario de Covadonga era muy hermoso, Ignacio pensó que nada tenía que envidiarle este otro “santuario natural”, que jamás había sido alterado o transformado por la mano del hombre. El lugar invitaba a la calma y a la reflexión. Entonces se acordó de su pequeño santuario privado en el bosque, frente a la estación de tren. No era mi mucho menos tan espectacular, y sin embargo, allí había encontrado sosiego el primer día que llegó de Madrid, huyendo de sus problemas. También recordó que la última vez que lo visitó, dejó varias latas de cerveza tiradas por el suelo. Le pareció que aquel descuido había mancillado de alguna manera la belleza y la espiritualidad de aquel lugar. Un acto comparable a realizar una pintada en el interior de una iglesia. Se prometió a sí mismo que volvería muy pronto para recogerlas. La imagen de Marta se coló nuevamente en su mente. Ignacio se extrañó al encontrarse sereno respecto a lo que acababa de suceder aquella misma mañana. También pensó en lo que le había dicho Alberto sobre la relación cuando iban de camino, en el coche. Tanto miedo como había sentido en infinidad de ocasiones ante la posibilidad de que Marta le dejara, y había sido él después de todo quien había puesto fin a la relación. Le pareció una paradoja enorme y se sintió algo estúpido, aunque al mismo tiempo esto no le perturbó demasiado. Se encontraba bastante bien, mucho mejor incluso de lo que habría imaginado. Lejos de sentirse perdido o inseguro ante la perspectiva de continuar su vida sin Marta, tenía una sensación de alivio. A un cierto nivel por debajo de su consciencia, llegó a entrever que no estaba solo, como solía temer, y que nunca lo había estado. Para empezar se sintió más a gusto y en sintonía consigo mismo de lo que jamás había estado antes. Por otro lado, reencontrarse con Alberto al cabo de tantos años y sentir que el vínculo con él permanecía fuerte, a pesar de que el propio Ignacio daba por perdida aquella amistad, le hizo ver las relaciones de una forma distinta. Y sobre todo, haber conocido a Laura, que durante aquellos días le había aportado una visión nueva y positiva sobre muchas cosas. Ignacio pensó que había sido muy valiente cuando le confesó que siempre le había gustado, desde que eran niños. O quizás no fuera exactamente valentía, solo que a él le habría resultado muy difícil hacer una revelación así.

 

Hizo una foto del paisaje con su móvil y se la envió a Laura. No adjuntó ningún texto con la imagen, pues no encontró palabras que le hicieran justicia.

 

 

 

 

 

 

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