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El santuario – vigésimo cuarta parte

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Playa de Ballota II, por Jorge Calzado

Aquella mañana lucía un sol radiante, como habían anunciado la noche anterior durante el parte meteorológico. Se levantó temprano, echó una botella de agua y algo de fruta en una mochila y salió decidido a recorrer la costa con la bici. Tomó la misma pista por la que había paseado el día anterior con Laura, pero en dirección contraria, hacia el este. No es que fuera provisto del equipo óptimo, pero tampoco le importó demasiado. Ni siquiera llevaba casco. Sentir el aire fresco en la cara mientras pedaleaba, resultaba muy estimulante. La costa le quedaba a la derecha y podía ver el mar casi todo el tiempo, excepto cuando atravesaba alguna porción de bosque. Al principio, la pista le resultó fácil, pero después de unos cuantoas kilómetros las pendientes comenzaron a ser mucho más largas y pronunciadas. Cuando iba cuesta abajo tenía miedo de coger demasiada inercia por la inclinación, lo que le obligaba a hacer tal uso de los frenos que en algún momento llegó a oler a goma quemada. Cuesta arriba, se tuvo que bajar de la bici varias veces y transportarla caminando, pues sus piernas no resistían el esfuerzo. Aunque aquel día hacía fresco, el sol pegaba con fuerza. No paraba de sudar y en algunos momentos se llegó a sentir extenuado, pero al mismo tiempo el cansancio le resultaba gratificante. Solo por eso y por poder disfrutar de aquel paisaje, pensó que ya merecía la pena. Aunque había compartido con Laura su deseo de realizar aquella excursión en bici, no le había sugerido que le acompañara. Esperaba que esto no le hubiera importunado. Ni siquiera sabía si la chica tenía bici, aunque supuso que sí. Después de haber coincidido la tarde anterior con José, el padre de Laura, creyó que quizás fuera más sensato no verse tan de seguido con ella. Cuanto más tiempo pasaban juntos, más sentía que se creaba un vínculo entre ambos. Esto le asustaba y también le preocupaba por Laura, pues no quería crearle falsas ilusiones. Ya llevaba allí muchos días e iba siendo hora de plantearse volver a la realidad. Lo había estado posponiendo más de la cuenta. Cada vez que pensaba en regresar a Madrid se apoderaba de él cierto temor. Volver suponía reencontrarse con los problemas: el trabajo, su padre deprimido, recoger sus cosas del apartamento que había compartido con Marta,… La ansiedad había remitido tanto durante el tiempo que había durado su escapada, que temía sufrir otra vez las crisis de ansiedad al volver a Madrid. Trató de apartar estos pensamientos de su cabeza concentrándose en el paisaje y en sentir el esfuerzo físico, que hacía que le llegaran a doler las piernas.

 

Cuando llegó a Barro, unos de los pueblos que quedaban desperdigados a lo largo de la costa, decidió abandonar momentáneamente la pista para visitarlo. Lo recordaba vagamente, pero sí tenía noción de que era muy bonito y pintoresco. Lo que más llamaba la atención, sin duda, era su iglesia, pues el pequeño camposanto adosado a la misma estaba construido sobre la playa. De esta forma, cuando subía la marea, parte del muro quedaba sumergido bajo el agua. En aquel momento había pleamar, por lo que las olas lamían las paredes de piedra, trepando por ellas rápidamente a cada embestida del mar. Un pensamiento morboso se cruzó por su mente: aunque tenía pinta de que nadie había recibido sepultura allí desde hacía mucho tiempo, imaginó como el agua se filtraba entre la piedra y llegaba a empapar los huesos de las tumbas, desgastándolos y cubriéndolos de salitre. Una vez más sintió un vacío de melancolía, como cuando estuvo contemplando las ruinas del palacete indiano días atrás. Toda una vida para acabar de aquella manera. Algo menos que un recuerdo olvidado bajo tierra y devorado eternamente por las olas.

 

Continuó nuevamente por la pista y se detuvo en una de las muchas playas que salpicaban el litoral. No había ni un alma pues era temporada baja y el frío tampoco invitaba a pasear. Tuvo que bajarse de la bici, pues el descenso era muy vertiginoso. Al alcanzar la arena se quitó las zapatillas y los calcetines, y caminó siguiendo la orilla durante unos metros. Le pareció un lugar perfecto para descansar y comerse una de las piezas de fruta que llevaba en la mochila. Dejó la bici tumbada sobre la arena y se sentó a admirar la belleza del paisaje. Un enorme castro de roca brotaba de entre las aguas. Estaba cubierto por hierba casi totalmente en la parte superior, y numerosas gaviotas lo sobrevolaban mientras emitían estridentes graznidos. Pensó que podría llegar a nado y trepar por él. Enseguida desechó la idea por considerarla demasiado peligrosa. De adolecente quizás lo habría hecho, como cuando trepaba con Alberto por los acantilados en busca de percebes. Ahora le parecía poco sensato pero a la vez, una voz muy dentro de él le susurraba que era un poco cobarde. Se imaginó al Alberto adulto escalando aquella pared de roca con su sobrepeso. Esto le hizo reír para sus adentros y compadecerse al mismo tiempo de su amigo. Una vez más le azotó esa melancolía que le producía echar la vista atrás y observar el paso inexorable del tiempo. Aquellos recuerdos quedaban tan lejanos… Ni siquiera conservaba algo que diera fe de que todo había sido real, de que no hubiera sido un sueño. Solo su memoria. Recordó también el susto que se llevaron una tarde, cuando en una de las escapadas con la Zodiac del padre de Alberto, este estuvo a punto de ahogarse al caer al agua accidentalmente. Podría haber sido el propio Ignacio. Afortunadamente, logró sacar a su amigo y devolverle a la lancha. Tan solo un capricho del destino y se habría truncado una vida en un instante. Procuró traer sus pensamientos al presente, al reencuentro con Alberto que había propiciado Laura días atrás, en otra de las playas del litoral. Nunca habría apostado que volvería a coincidir con él cuando decidió hacer aquella escapada. Mucho menos podía imaginarse que conocería a Laura y que tendría una aventura con ella. Siendo niña no había llegado a conocerla realmente. En cualquier caso, aquellos chavales quedaban tan alejados en el tiempo, que se le antojaban incluso extraños. Hasta el recuerdo de sí mismo le resultaba algo ajeno, como si el Ignacio adolescente hubiera sido otra persona distinta, de la que poco o nada quedaba ya… Se incorporó y comenzó a quitarse la ropa. No tenía intención de nadar hasta el castro, como había imaginado en un principio. Al observar la fuerza con la que rompían las olas contra las rocas, se convenció de que era una idea descabellada, pero sí que le apetecía darse un baño. Se quedó completamente desnudo, pues aunque era algo pudoroso, no tenía otra ropa para cambiarse después y tampoco había nadie que pudiera verlo. A medida que se introducía en el mar, el agua fría le mordía la piel y le hacía estremecerse. Comenzó a respirar de forma acelerada, casi resoplando y cuando se hubo introducido hasta la cintura, decidió que lo más inteligente era sumergirse de golpe hasta la cabeza. Así lo hizo y transcurridos unos segundos, emergió dando un salto de entre las olas, al tiempo que profería una especie de alarido.

 

                — ¡Jodeeer…! ¡Ostia putaaa! —exclamó quejándose—. Se me van a quedar las pelotas como canicas…

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