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El santuario – vigésimo novena parte

Emotion flows, por ReduxNo le llevó más de un cuarto de hora hacer el equipaje. Se quedó mirando las escasas pertenencias que descansaban sobre la cama: una maleta, una bolsa de viaje y el maletín del portátil. Había llegado el momento de regresar a Madrid. Pospuso hasta el último momento el comunicárselo a Laura, pues no quería disgustarla. Ignacio pudo ver en su rostro un atisbo de tristeza y decepción, a pesar de que ella hizo todo lo posible por mantener el tipo y disimular esos sentimientos. Durante aquellas semanas, había llegado a conocerla bastante bien, o eso pensaba. En cualquier caso, Laura no era del tipo de persona que pudiera disimular sus sentimientos con facilidad. Más bien podría decirse lo contrario, pues sus expresiones la delataban en todo momento. Aun así, se esforzó por componer una sonrisa amable y comprensiva. A Ignacio se le partió el corazón cuando a la chica le faltó tiempo para desearle que encontrara a su padre lo mejor posible. Sabía que debía estar conteniendo la tristeza por dentro, y a pesar de ello sus palabras le sonaron totalmente sinceras. Una vez más se admiró de la calidad humana de Laura. Entonces contempló la figura que descansaba sobre el mueble de la entrada. Le tuvo que insistir a la chica varias veces para que la aceptara como regalo. Recordó al hombre de la librería que había accedido a vendérsela, cuando ni siquiera estaba en venta y a un precio que a Ignacio le pareció irrisorio. Las hacía él mismo, en sus ratos libres. Ignacio pensó que si aquel hombre se deshacía de la figura, era únicamente por la ilusión de saber que se la estaba entregando a alguien que realmente la apreciaba. Este gesto le conmovió y le hizo ver una conexión con la bondad que le había mostrado Laura aquella misma mañana, cuando le dijo que había sacado un billete de tren para volver a Madrid. Pocas veces había conocido a personas que fueran capaces de anteponer el bienestar y la felicidad de los demás, a sus propias necesidades y deseos. Pensó que Laura debía quererle realmente para aceptar con tanto aplomo su partida. Marta nunca había sido capaz de algo así. Generalmente se comportaba de forma egoísta, y encima ni siquiera era mínimamente consciente de ello. Si alguna vez se le ocurría a Ignacio tratar de hacerle ver esta actitud, enseguida se ponía a la defensiva y terminaban discutiendo.

 

Estaban dando las cinco de la tarde y las campanadas resonaban por encima de los tejados. Ignacio se asomó a la ventana. Hacía un tiempo totalmente primaveral y al inspirar, el aire le llegó cargado del aroma dulzón de las azucenas que crecían frente al edificio. Escuchó los peldaños de la escalera crujir tras la puerta. Los gatitos se desperezaron enseguida para recibir a su ama. Laura entró por la puerta sofocada y cargando con varias bolsas.

 

                —Como vienes de cargada… Haberme avisado y habría bajado a ayudarte.

                —Si, además ha sido un poco en balde, porque es para que te lo lleves… Lo podría haber dejado en el bar y lo cogíamos luego.

                — ¿Qué es? —preguntó Ignacio.

                —Un bizcocho, una empanada, dos botellas de vino y otras dos de sidra.

                —Muchas gracias, Laura, no tenías que haberte molestado, de verdad.

                —No es molestia, guapo. Lo hice al mediodía, que había poquita gente y además estaba mi padre.

                —Y ahora se ha tenido que quedar para que me puedas acompañar a la estación —observó Ignacio sintiéndose apurado—. Por cierto, debería despedirme, ¿no?

                —Como quieras, Nacho… y sobre lo de acompañarte le he dicho que yo misma te he insistido.

                —Me impone tu padre, pero es lo menos… dadas las circunstancias… —se quedó un poco titubeante y con la mirada perdida en el infinito.

                —Jaja, tranquilo, que no te odia, a pesar de que hayas estado conviviendo y compartiendo lecho con su inocente hijita —dijo Laura de forma teatral.

                —Espero que no… pero la verdad es que entendería que me odiara un poquito.

                —Quédate tranquilo, que no es así, de verdad.

                —Ok, vale… ¿y su hija? —se quedó mirando fijamente a la chica, esperando una respuesta por su parte. Laura permaneció unos instantes muda, sin saber bien qué decir.

                —Nacho… yo nunca podría odiarte… y menos si me pones esos ojos de cordero degollado —se acercó hasta donde estaba Ignacio y le abrazó—. Lo he pasado genial contigo todo este tiempo y espero volver a verte pronto… es decir, si tú quieres, claro… y aunque suene fatal, en el fondo me alegro de que te torcieras el tobillo…

                —¿Sabes? Yo también me alegro. —respondió Ignacio.

 

La abrazo con fuerza contra su pecho y mientras lo hacía, inspiró el perfume del champú que solía usar Laura, y que tan familiar le había llegado a resultar durante aquellas semanas. Se sintió como en casa. Así permanecieron largo rato mientras los gatos se paseaban entre sus piernas, tratando de llamar su atención.

 

Después de pasar un momento por el bar para despedirse de José, el padre de Laura, se subieron al coche de la chica. Mientras ella arrancaba el vehículo, Ignacio contempló el desgastado letrero sobre la puerta del local y un pensamiento se cruzó por su mente: de una estación a otra. Al momento sintió que se estremecía brevemente, aunque no supo por qué. Una vez en la estación, Laura se apeó del coche pero solo para decirle adiós, pues no quiso prolongar la despedida esperando que llegara el tren. Se dieron un último abrazo y pudo ver que a la chica se le descomponía el rostro por la tristeza, a pesar de que hizo todo lo posible por mantenerse entera y no lloró en ningún momento. Después, Ignacio permaneció allí de pie viendo como el coche se alejaba hasta que lo perdió de vista. Entró a la estación cargado con sus bártulos y se dirigió al andén. Se sentó sin darse cuenta en el mismo banco que la mañana de su llegada. Parecía que había pasado una eternidad desde entonces. Recordó que era muy temprano y hacía frio. Ahora, sin embargo, soplaba un viento cálido primaveral. Una emoción comenzó a oprimirle el pecho. Frente a él, estaba una vez más la masa de bosque que podía verse desde la estación, y en ella, el enorme roble centenario que le brindó sosiego cuando más lo necesitaba. Casi instintivamente, sacó su móvil del bolsillo y llamó a Laura. No sabía si estaría aun de regreso con el coche. Después de unos cuantos tonos le respondió la llamada. Ignacio se dio cuenta enseguida de que la chica estaba llorando, pues su voz sonaba entrecortada y apenas podía articular las palabras.

 

                —No llores, Laura —le dijo a la chica a través de su móvil y se sintió un poco estúpido al momento, pues él también se descubrió llorando—. Voy a volver muy pronto, te lo prometo…

 

Continuará…

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