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El santuario – vigésimo octava parte

 

Por Shayan Sanyal
Por Shayan Sanyal

Contempló la figura de metal que reposaba sobre el taquillón de la entrada. La había comprado semanas atrás en una librería de la calle principal. Después del accidente con la bici, Laura fue a buscar sus cosas al hostal y se la trajo junto con el resto de sus escasas pertenencias. Ahora se había acostumbrado a verla allí adornando el piso de la chica y pensó en dejársela cuando se marchara. Parecía representar un hombre con algo en la mano que debía ser un paraguas, pero vuelto del revés, como si la figura avanzara a través de un fuerte temporal. De entre todas las que había expuestas en la librería, fue la que más le gustó. Quizás por el hecho de que a menudo se sentía así, como luchando contra los elementos. Al hilo de esta idea pensó que ya había evitado demasiado tiempo las adversidades. Iba siendo hora de volver a Madrid. Pensó en regalarle la escultura a Laura como una muestra de gratitud por su hospitalidad. En cualquier caso, una vez que recogiera sus cosas del piso que había compartido con Marta, tendría que volver a casa de su padre, al menos temporalmente, hasta que se mudara a algún apartamento. Cuanto menos llevara consigo, mejor. Hacía ya poco más de un mes de aquella noche en la que, sin apenas cavilarlo, cogió un tren y se dirigió a la ciudad que le vio crecer para escapar de sus problemas. Parecía que había transcurrido un año desde aquello. Las últimas dos semanas las había pasado en casa de Laura, convaleciente. La chica se había portado de maravilla con él. Incluso la convivencia entre ambos fue como una balsa de aceite. Pensar en volverse a Madrid le hacía sentir como si el estómago le diera un vuelco. Siempre puedes volver a accidentarte, Ignacio —pensó—. Rómpete la otra pierna, así podrás quedarte un par de meses más —y rio para sus adentros. Pensó en esos casos de personas que a veces se lesionaban o tenían accidentes auto infligidos, aunque no de forma consciente. No creyó que fuera su caso, pero el haberse estrellado con la bici había resultado casi providencial. Aparte de lo a gusto que se sentía en compañía de Laura, durante esas dos semanas había adelantado más trabajo del que habría imaginado, con lo que este aspecto había dejado de suponer un foco de estrés. Rememoró algunos de los momentos más agradables que había pasado con la chica durante los últimos días. Aun estaba allí y ya estaba echando de menos todo aquello, ante la perspectiva de volver a la gran ciudad.

 

Aquella tarde había quedado con Alberto para tomar un café. Su amigo apareció con Óscar, el mayor de sus hijos, que no contaba más de ocho años. Era un niño menudo para su edad y de pelo moreno y encrespado. Ignacio supuso que en aquellos aspectos habría salido a la madre, a la que únicamente conocía a través de una foto que le había mostrado Alberto algunos días atrás. En cuanto a la mirada, tenía sin duda los ojos de su padre: azules y expresivos. Mientras los dos amigos charlaban en la terraza de una cafetería frente al puerto, el niño se entretenía lanzando palitos al agua y mirando como los arrastraba la corriente.

 

                —Ya con hijos, como se pasa la vida —dijo Ignacio mientras observaba jugar a Óscar.

                —Y no veas lo rápido que crecen… Me le traigo a pasar el fin de semana con los abuelos… ¿Cómo tienes el tobillo?

                —Mejor, me quitaron ayer la férula y ya puedo ir apoyándolo —respondió estirando la pierna derecha y flexionando el pie.

                — ¿Y qué vas a hacer?, ¿volverás enseguida a Madrid? —preguntó Alberto.

                —Ya lo he pospuesto demasiado. Debo volver… Hace más de un mes que no veo a mi padre. Ya sabes que no está bien el hombre.

                —Comprendo, pero por lo que me contaste tampoco es que ponga demasiado de su parte —apuntó su amigo—. Podía ir a terapia o tomar algún antidepresivo… Con mis padres es igual, siempre peleándome con ellos para que se hagan sus revisiones y se cuiden un poco. Me exasperan.

                —Sí, parece que llega un punto en el que se invierten los roles y empiezan a comportarse ellos como niños —dijo pensativo Ignacio.

                —Me da pena que te marches, Nacho —reconoció Alberto tras un pronunciado silencio entre los dos.

                —Ya, a mí también me da pena… Lo que iba a haber sido una escapada puntual, se ha terminado convirtiendo en unas mini vacaciones.

                — ¿Y Laura qué dice?

                —Pues la verdad que no dice nada al respecto, pero me preocupa mucho que lo pase mal. Encima estas dos últimas semanas conviviendo con ella… Tengo la sensación de conocerla de toda la vida.

                —Bueno, es que en algún sentido es así, Nacho, jeje.

                —Ah, claro. No lo había pensado —recordó a la niña delgaducha y con gafas de culo de vaso en el bar y al momento se encontró con que estaba sonriendo—. Voy a echarla muchísimo de menos.

                —Y ella a ti, seguro —afirmó Alberto.

 

Ignacio le pidió a su amigo que le acercara a la estación de trenes con el coche. No quería marcharse a Madrid sin visitar una vez más aquel claro en el bosque, frente al andén. Allí se encontraba su pequeño santuario particular. Esa vez ni siquiera tuvo que fijarse por donde iba. De hecho, caminaba distraído mientras hablaba con Alberto y aun así sus pasos le guiaron hacia el lugar con precisión meridiana. A Ignacio le llamó la atención lo rápido que habían comenzado a oxidarse las latas de cerveza. Las había dejado allí tiradas descuidadamente la última vez que visitó el lugar. A pesar de que solo habían transcurrido unas semanas, ya mostraban algo de herrumbre en la superficie. Al coger una se manchó la mano de un color rojizo. Óscar, muy voluntarioso, encontró rápidamente otras dos, que se encontraban semiocultas entre la vegetación que crecía en el suelo.

 

                —Hijo, ten cuidado con el tétanos —le advirtió su padre.

                — ¿Qué dices de tetas, papá? —respondió Óscar entre divertido y curioso. Ignacio se echó a reír.

                —Nada de tetas, marrano… es una bacteria que si te ataca te puedes morir.

                —Pero tendrá puesta la antitetánica… ¿No, Alberto? —preguntó Ignacio.

                —Supongo que sí, pero no me fio.

 

Ignacio recordó que Alberto siempre había sido bastante aprensivo, sobre todo con cosas relacionadas con temas médicos, como enfermedades y contagios. No le resultó extraño que también lo fuera con sus propios hijos, pues ya de adolescente se mostraba igual de turbado con respecto a estas cuestiones. Al mismo tiempo, le alivió comprobar que Óscar no parecía tomarse demasiado en serio los mensajes que le hacía llegar su padre en este sentido.

 

 

 

Continuará…

 

 

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