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El santuario – vigésimo primera parte

Bar, por Vilseskogen
Bar, por Vilseskogen

De vuelta, Alberto dejó a su amigo en La Estación. A pesar de la insistencia de Ignacio, no quiso quedarse a tomar algo con él y con Laura, pues prefirió dejarles algo de intimidad para que hablaran tranquilamente. Aquel día no había más que unas pocas personas repartidas por el local. Ignacio se acercó a la barra y se sentó en un taburete. Laura estaba sirviendo en ese momento un par de cafés a unos clientes de una mesa cercana. Cuando regresó a la barra se acercó a Ignacio y le saludó amablemente, dejando caer una mano sobre su hombro.

 

                —¿Qué tal, guapo, lo habéis pasado bien?

                —Sí, me acaba de dejar Alberto en la puerta ahora mismo.

                —Vaya, ¿y por qué no ha pasado a tomarse algo? —preguntó la chica lamentándose.

                —Tendría cosas que hacer —respondió Ignacio encogiéndose de hombros.

                —Por cierto, gracias por la foto. Muy bonita. ¿Te puedes creer que no he vuelto allí desde que era una enana?

                —¿De verdad?

                —Ya ves. Basta que tengas algo a tiro de piedra para que no lo valores. Siempre piensas: “a ver si voy”. Y al final lo vas dejando y…

                —Lo he dejado con Marta —le espetó él de repente. Laura mudó su rostro en sorpresa y al momento compuso una expresión de preocupación.

                —Vaya, lo siento… ¿Cómo te encuentras?

                —Pues bien, la verdad… o eso creo. Espero que no me dé un bajón en cualquier momento… pero bien, mejor de lo que pensaba.

                —Pues entonces ¿sabes qué…? ¡Que me alegro! —Exclamó jactándose mientras ponía los brazos en jarras. Ignacio al verla se echó a reír.

                —Es verdad —se justificó ella—. A ver, cuando me hablabas de Marta no me atrevía a decir nada por miedo a resultar entrometida, pero es que las cosas que me contabas… Te trataba muy mal, Ignacio —y negó agitando la cabeza rápidamente.

                —Siempre que te pones seria conmigo me llamas por mi nombre —comentó Ignacio divertido.

                — ¿Ah, sí? Pues no soy consciente.

                —Si, ¡jajá! Pareces mi madre.

                —Claro, eso debe ser algo que hacemos las personas que te queremos bien —dijo ella entrecerrando mucho los ojos y con una media sonrisa, lo que le daba una expresión astuta y ladina a la vez.

                —Claro, claro…

                —Aunque tu madre no creo que te haga esto… —musitó acercándose a Ignacio y plantándole un largo beso en los labios. Un par de clientes de la mesa de al lado emitieron algunos vítores al presenciarlo. Ignacio se ruborizó un poco y volvió la cabeza a un lado mientras sonreía.

                — ¡Oh, joder! —exclamó Laura mientras miraba por encima de su hombro, en dirección a la puerta y con los ojos muy abiertos—. No te gires… Acaba de entrar Marta.

 

Sin volverse, esta vez fue él quien abrazó a la chica y la atrajo hacia sí para besarla. Los clientes les volvieron a vitorear, e incluso uno de ellos les silbó estridentemente.

 

                — ¿¡Pero qué haces!? —dijo Laura cuando se hubo liberado, y estiró el brazo para señalar la entrada del bar con su dedo índice—. ¡Está ahí, en la puerta!

                —No me lo he creído ni por un momento, jajá. Marta jamás entraría aquí.

                —Oye, ¿qué estás insinuando? —preguntó ella haciéndose la ofendida mientras se cruzaba de brazos—. ¿Es que acaso mi bar no tiene la suficiente categoría para ella?

                —¡A mí me encanta, que conste! —se excusó Ignacio al tiempo que levantaba rápidamente las manos.

 

Los clientes fueron abandonando el local. Laura se dispuso a echar el cierre y a recoger. Ignacio, que ya sabía donde se guardaban las cosas de limpieza, se puso a barrer el suelo sin esperar que ella se lo pidiera.

 

                —¿Viste la nota que te dejé? —le preguntó a Laura mientras barría distraídamente.

                —Si… Voy a tener que atarte a la cama la próxima vez que te quedes a pasar la noche, así no podrás darte a la fuga mientras estoy dormida.

                — ¡Mmmm! No suena mal… Joder, estoy agotado —dijo cuando terminó de barrer y se dejó caer pesadamente sobre una silla—. Parece que hubiera pasado una semana desde lo de esta mañana.

                —¡Deja eso, Nacho, que ya lo hago yo!

                —Tranquila, ya está. Solo queda pasar la fregona.

                —No me extraña que estés cansado. Aunque haya sido para bien. pero no deja de ser un mal trago… Oye, y hablando de tragos… ¿quieres probar un vinito bueno?

Laura desapareció por la puerta de la cocina, mientras Ignacio revisaba su móvil. Nada, ni una llamada perdida, ni un solo mensaje. Volvió a dejarlo sobre la mesa y se frotó los ojos con ambas manos.

 

                — ¿Quién era ese viejo de pelo canoso y barba que nos ha hecho tantas fiestas? —preguntó Ignacio proyectando la voz hacia la cocina.

                —Aaah, ese era Toñín, un señor de aquí de toda la vida. Es un cachondo total.

                —Sí, ya me lo ha parecido.

 

En ese momento apareció Laura con una botella y un sacacorchos y siguió hablando.

 

                —Se quedó viudo hace unos años, el pobre —explicó Laura—. Viene mucho a jugar la partida y bueno… se le va algo la mano con el vino, pero se lo pasa pipa con sus amiguetes.

                —Oye, ¿tu padre ya está mejor del resfriado? A ver si le veo.

                —Si, ya le verás… Ahí va el hombre, tiene para un rato, creo —dijo terminando de descorchar la botella—. Vamos a dejarlo unos minutos que respire.

 

Laura se dirigió a la estantería, detrás de la barra, y puso un CD en el reproductor que descansaba sobre uno de los estantes. Enseguida comenzaron a sonar las primeras notas de “Wish you were here”, de Pink Floyd. Volvió a donde se encontraba Ignacio, que sostenía la botella muy cerca del rostro, pues estaba tratando de leer la etiqueta. Le cogió de la mano invitándole a que se levantara de la silla. Él, perezosamente, fue incorporándose y volviendo a dejar la botella sobre la mesa.

 

                —¿Qué haces, Nacho? —preguntó riendo mientras le abrazaba.

                —Nada, que me he quitado las lentillas hace un rato en el servicio. Ya no aguantaba más.

                —¡Llevas lentillas! —exclamó fingiendo indignación—. No me lo puedo creer, y yo tuve que aguantar durante años que me llamaras cuatro ojos, bicho palo y demás piropos… —y bajando la mano le dio un sonoro azote en el trasero.

 

Ignacio rió con la cabeza apoyada sobre su hombro, mientras se dejaba llevar torpemente por ella.

 

                —Lo mío es de edad, Laura.

                —Ya, claro, menudo morro.

 

Permanecieron unos minutos en silencio, con los ojos cerrados y sintiendo como la música les envolvía. Aunque fue algo muy fugaz, a Ignacio le pareció por un instante que flotaba.

 

                —Oye, sobre lo que te he dicho antes, Nacho —le susurró Laura empleando un tono de voz más serio—. Que me alegro de que lo hayas dejado, si tú estás bien… y no porque ahora estés disp…

—Lo sé —la interrumpió Ignacio y la abrazó con fuerza.

 

 

          Continuará…

 

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