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El santuario – vigésimo quinta parte

Master-Urgencias-PediatricasSe cruzó de brazos metiendo las manos bajo las axilas, en un intento inútil por protegerse del frío. El agua le llegaba por encima de la cintura. No quiso meterse más, pues el mar estaba algo revuelto. Contempló el horizonte, el cielo, el islote que emergía de entre las olas. Después cerró los ojos y escuchó el viento, el rumor que producían las olas y el canto estridente de las gaviotas que sobrevolaban la playa. Al cabo de unos minutos comenzó a tiritar, y sus dientes empezaron a emitir ese castañeteo característico a causa del frío. Decidió que era momento de salir del agua antes de sufrir una hipotermia. Como no tenía toalla, no le quedó más remedio que echar a correr por la playa para secarse y entrar en calor. Pensó que si alguien le veía corriendo en pelota picada, pensaría que le faltaba un tornillo y más en aquella época del año, pero el frío era demasiado intenso como para permanecer inmóvil. Una vez seco, se volvió a vestir, sacó una manzana de su mochila y se la comió a mordiscos. Después cogió la bici, se echó la mochila a la espalda y abandonó la playa. Ya de regreso al camino de tierra, dirigió una última mirada hacia el castro. Procuró grabar esta imagen en su mente y las sensaciones que había experimentado en la playa.

 

Al cabo de unos cinco kilómetros más, se dio cuenta de que el cansancio comenzaba a pasarle factura. Regresar suponía deshacer la distancia que ya había recorrido. Tenía dos opciones: o volver por la misma pista de tierra, o salirse de ella al llegar al siguiente pueblo y buscar la carretera. Como no sabía a ciencia cierta a qué distancia quedaba el pueblo más cercano, decidió que lo más sensato era dar media vuelta. Comenzó a subir un repecho muy empinado y cuando las piernas ya no le respondieron, no le quedó más remedio que apearse una vez más de la bici y terminar de subirlo a pie. Le fastidiaba tener que bajarse de ella a cada rato. Era como sufrir una pequeña derrota que minaba su ánimo de ciclista. La bajada que tenía ahora por delante era tan pronunciada, como empinada había sido la subida. Aun así, terco y orgulloso, se volvió a montar en la bici y comenzó a bajar a toda velocidad, o eso le pareció. Casi al final de la pendiente, perdió el control de la bicicleta al derrapar en un recodo del camino y se estrelló violentamente contra un murete de piedra. Por fortuna, unas zarzas amortiguaron un poco el impacto, aunque eso sí, a costa de clavársele por todo el cuerpo y llenarle de arañazos. Permaneció unos minutos inmóvil y jadeando. Había quedado atrapado por la maleza y por el propio peso de la bicicleta. Una vez que se hubo serenado un poco, se fue liberando como buenamente pudo y volvió a rastras al camino de tierra. Le dolía todo el cuerpo, pero especialmente el tobillo derecho. Intentó a duras penas ponerse en pie, y sintió un dolor agudo en la zona que le obligó a sentarse de nuevo. Estaba en mitad de la nada. No podía caminar y mucho menos pedalear, aunque en cualquier caso, parecía que la bicicleta había quedado inservible. Se quitó con cuidado la zapatilla y el calcetín. No tenía aspecto de haberse roto un hueso. Tal vez se tratara de un esguince, pero no había forma de saberlo a ciencia cierta. Sacó su móvil de la mochila y respiró aliviado al comprobar que funcionaba perfectamente. Como llevaba la mochila a la espalda y el choque había sido frontal, al menos las escasas pertenencias que llevaba consigo no sufrieron daño alguno. De camino se había cruzado únicamente con un par de personas, así que podrían pasar horas antes de que alguien pudiera socorrerle. Marcó el número de Alberto y tras un par de tonos, su amigo le cogió la llamada.

 

                —¡Hombreee! ¿Qué pasa, Nachete?

                —Jodido, acabo de estrellarme con la bici.

                —¡Ostia! ¿Te encuentras bien… dónde estás? —su tono de voz reflejó una preocupación sincera.

                —Estoy bien, no te preocupes, pero creo que no puedo andar… Me he debido torcer el tobillo. Empieza a doler bastante y se está hinchando —explicó mientras lo observaba con aprensión.

                —Voy enseguida, dime dónde estás…

                —Estoy en la pista que va siguiendo la costa. Aquí solo se puede entrar en todoterreno, me temo… Debo estar más o menos a la altura de San Antolín.

                —Joder, tío, que putadaaa… Voy a avisar a la Guardia Civil —resolvió Alberto—. ¿Puedes pasarme tu ubicación por GPS?

                —Creo que sí, ahora te la paso. De todas formas es fácil, solo tienen que seguir todo el camino adelante hasta dar con un tío echo mierda en el suelo.

                —Como te pasas, Nacho… —se compadeció su amigo—. Voy a avisarles y después te vuelvo a llamar, ¿vale? Dame un minuto.

                —Ok, no te angusties que solo ha sido una torcedura y unos arañazos.

                —Venga, hasta ahora.

 

Tras colgarle a Alberto, permaneció unos minutos con los ojos entrecerrados. El dolor sordo del tobillo comenzaba a hacerse más intenso. En ese momento se sintió bastante estúpido. La idea de alquilar una bicicleta de montaña, cuando hacía años que no montaba ni en una de paseo, le parecía ahora una insensatez. Por un momento había llegado a convencerse realmente de que era una especie de osado aventurero, que podía manejarse con total destreza en aquel entorno agreste. Ahora yacía en el suelo, magullado y cojo. A pesar del tobillo dolorido, los arañazos y varios moretones, sentía que era su orgullo precisamente lo que más se había herido. No eres más que un urbanita flipado, Ignacio —se dijo.

 

Después de que Alberto le confirmara que la Guardia Civil se encontraba en camino, transcurrió casi una hora más hasta que llegaron a donde se encontraba. Para entonces, el tobillo de Ignacio estaba tan hinchado que había doblado casi su diámetro. Cargaron la maltrecha bicicleta en la parte de atrás del todoterreno, mientras Ignacio se lamentaba al contemplarla, pues temía que le tocara asumir el coste de los desperfectos. Después, en urgencias, le examino el médico y dictaminó lo que él ya temía: esguince de segundo grado. Al menos no había rotura de hueso, pero en cualquier caso tendría que guardar reposo durante al menos dos o tres semanas. Cuando le devolvieron a la recepción del hospital en silla de ruedas y con una férula en el tobillo, se encontró con Alberto. Su amigo, al verle en ese estado, magullado y lleno de arañazos, no pudo disimular una cierta expresión de preocupación.

 

                —Joer, Nachete, vaya susto…

                —Bueno, solo ha sido eso, un susto. Gracias por venir —dijo mientras le estrechaba la mano—. No te dejo que me abraces porque me duele todo el cuerpo.

                —Jaja. Ok, tranqui. Dame un minuto, que voy a llamar a la parienta. La he dejado toda preocupada con los nenes cuando me he venido.

                —Ah, pero pensé que estabas en casa de tus padres. No me digas que te he hecho venir desde Oviedo…

                —No pasa nada, hombre. Está a tiro de piedra —y se apartó unos metros para hablar por su móvil mientras le dirigía una sonrisa amable a Ignacio.

 

Un momento después entraba Laura en el hospital. Al verle se detuvo en seco y se tapó la boca con la mano. Ignacio advirtió que, al igual que le había sucedido a Alberto, la chica hacía un esfuerzo por recomponerse tras el impacto inicial. Aunque no le gustaba que se compadecieran de él, agradeció la preocupación sincera por parte de aquellas personas.

               

                —¿Cómo estás, guapo? —le preguntó mientras depositaba un beso en su mejilla.

                —Creo que saldré de esta… Joder, no quería preocuparos. ¿Te ha avisado Alberto? —ella asintió con la cabeza—. ¿Y el bar?

                —Se ha quedado mi padre a cargo, no pasa nada.

                —Bueno, prepárate que salimos ahora con la ambulancia —les interrumpió Alberto, que apareció llevando un par de muletas que le acababan de entregar.

                —La bici, Alberto… o lo que queda de ella.

                —Ya la he cargado en mi coche.

 

Salieron a la calle y el fresco de la noche le despejó un poco. Laura empujaba la silla de ruedas y a su lado iba Alberto, silbando una cancioncilla. Enseguida llegó una ambulancia de la que se bajaron dos hombres. Uno de ellos, bajito y con escaso pelo, se dirigió a Ignacio mientras el otro abría las puertas.

 

                — ¿Tú eres el ciclista? —Ignacio se limitó a poner los ojos en blanco.

                — ¿Nos podéis acercar a la calle Tres Aguas? —le preguntó Laura.

                —Donde la señorita diga, no hay problema.

                —A tu casa no, Laura —protestó Ignacio—. No quiero ser una molestia.

                —Está decidido, no seas cabezota, Nacho. Mañana pasaré por el hostal a recoger tus cosas.

 

Alberto cruzó una mirada con su amigo que parecía expresar algo como: yo que tú no le llevaría la contraría. Ignacio accedió a regañadientes mientras le ayudaban a subir a la ambulancia.

 

 

 

                 Continuará…

 

1 comment on “El santuario – vigésimo quinta parte

Reply

Que bueno tener amigos que respondan así cuando los necesitas!!!
Las penas compartidas se dividen y se superan mejor y mas rapido

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