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El santuario – vigésimo segunda parte

Golden Lava, por Kris Williams
Golden Lava, por Kris Williams

Al día siguiente, Ignacio y Laura fueron a desayunar a una cafetería que tenía un amplio mirador acristalado con vistas a la playa. Hacía una mañana luminosa, pero la mar estaba muy revuelta. Una familia con dos niños pequeños paseaban cerca de la orilla. Iban bastante abrigados, pues a pesar de que lucía el sol, soplaba un viento algo frío de norte. Ignacio se quedó embobado, contemplando a través de los cristales aquella estampa familiar.  En cabeza iba un niño como de unos siete años. Corría dando saltos mientras agitaba en el aire un palito y a ratos se detenía a dibujar con él alguna forma ondulante sobre la arena. El padre le seguía de cerca y detrás, iba la madre algo rezagada con la hija pequeña. Caminaba sosteniendo a la niña por las muñecas. Ésta, que no debía tener más de dos años y medio, avanzaba torpemente con los brazos levantados y casi se dejaba llevar por su madre como una especie de títere. En ese mismo momento, Laura le sacó de su ensimismamiento.

 

                —¿Te gustan los niños?

                —Eeeh —titubeó un momento—. Pues me dan un poco igual, la verdad… ¿Y a ti?

                —A mi sí, pero por ahora ni me lo planteo. Solo con atender el bar ya tengo bastante. Mi padre va cumpliendo años y veo que con la edad se va desentendiendo y mis hermanas pasan.

                —Ah. ¿Qué fue de tus hermanas? —preguntó Ignacio.

                —Pues Alicia, la mayor, se casó y tiene dos hijos.

                —Así que eres tía.

                —Si —afirmó Laura, y en ese momento se le iluminó el rostro—. Me encantan mis sobrinitos… Y bueno, Esther es bollera y vive en Oviedo, con su chica.

                — Qué bruta eres.

                —Que conste que lo digo con todo el cariño, ¿eh? Me llevo muy bien con ella, incluso mejor que con Alicia.

                —Si, recuerdo veros jugar a las dos en el bar muchas veces de pequeñas.

                —Claro, es que vamos más seguidas. Con Alicia me llevo más tiempo, por lo que la relación siempre ha sido más distante —explicó Laura pensativa.

                — ¿Y tus padres lo saben…? Lo de tu hermana.

                —Eso fue una movida, porque de aquella ya sabíamos que nuestra madre estaba muy enferma. Alicia discutió con Esther, no quería que se lo dijera. Decía que era disgustarla innecesariamente… Pero Esther opinaba justamente lo contrario, que no quería que mamá se fuera sin saberlo y que necesitaba ser honesta con ella. Yo la apoyé. Entonces la relación se enfrió todavía más.

                — ¿Y se lo llegó a contar?

                —Sí, claro.

                — ¿Y cómo se lo tomó?

 

En ese momento a Laura comenzaron a humedecérsele lo ojos y aunque trató de responder enseguida, se le hizo un nudo en la garganta que le impidió articular las palabras. Ignacio la cogió de la mano para tratar de consolarla.

 

                —Perdóname, Laura, no he debido preguntarte. Lo siento.

                —No, está bien —dijo la chica tratando de recomponerse. Su voz sonaba entrecortada—. Es que ya estaba muy malita, a punto de irse… Y aun así, no dijo nada, solo se quedó mirando a mi hermana con cariño y la besó en la frente.

                —Qué bien, me alegro.

                —Sí, mi madre era muy buena, la recuerdo con muchísimo cariño… Y creo que la reticencia de Alicia tuvo que ver con prejuicios suyos, pero es inútil tratar de explicárselo. No alcanzaría a verlo y además siempre ha ejercido demasiado de hermana mayor. Tampoco la culpo… Mis padres estaban casi todo el día en el bar, trabajando, y nos dejaban a su cargo. Ha tenido que cuidar muchas veces de nosotras cuando éramos pequeñas.

                —Comprendo.

                —Para mi padre fue un poco shock al principio  —continuó Laura—. Es un hombre algo cerrado, pero tiene buen fondo. Creo que se ha ido haciendo a la idea y la chica de mi hermana siempre viene en Navidades y demás, pero no se habla abiertamente de ello. Yo le lanzo de cuando en cuando alguna indirecta aposta, para obligarle a hablar de ello de forma natural, pero no entra al trapo —reconoció más serena mientras se secaba las lágrimas con la manga del jersey.

                — ¿Y ves con frecuencia a tus sobrinos? —le preguntó Ignacio.

                —Sí, porque aunque mi relación con Alicia no es muy estrecha, sabe que los niños me adoran y se lo pasan pipa conmigo, así que no les puede negar eso. Hace porque tengamos una relación lo más respetuosa y cordial posible, dentro de que somos totalmente opuestas.

 

Mientras le hablaba, buscó una foto de sus sobrinos en el móvil para mostrársela a Ignacio. Se trataba de una niña y un niño rubios, que sonreían componiendo una mueca traviesa desde la pantalla iluminada.

 

                —¡Anda, son rubitos los dos! —exclamó Ignacio.

                —Síii, jejeje. Han salido a mi padre.

 

Aquella fue la primera vez que vio a llorar a Laura, al menos siendo adulta. Después de desayunar, pasearon siguiendo la pista que bordeaba el acantilado. Conectaba varias playas de la comarca e Ignacio pensó que podía ser una buena ruta para hacer en bicicleta. Las olas seguían rompiendo con fuerza contra las rocas, algunas con tal ímpetu que la espuma llegaba hasta el camino por el que transitaban. El viento agitaba los cabellos de Laura enmarañándolos violentamente.

 

                —Joder, que frío, Nacho. Me estoy quedando helada… ¿Qué tal si nos volvemos ya? Tengo las manos heladas, mira —y puso el dorso de su mano sobre la mejilla de Ignacio.

                —Es verdad, estás helada. Parece mentira que seas una chicarrona del norte…

 

Dicho esto se detuvo, y sosteniendo las manos de Laura con cariño entre las suyas, comenzó a frotarlas suavemente. Después, ahuecando sus propias manos, acercó los labios y exhaló un poco de vaho para calentar las de ella. En ese momento, Laura dio una sacudida repentina.

 

                — ¿Qué te pasa? —le preguntó Ignacio.

                —Nada, que me ha dado un escalofrío… pero me gusta —reconoció sonriendo y entrecerrando los ojos.

                —Mira que eres zalamera…

                —Pero te encanta, ¿a que sí?

 

Depositó un suave beso en la mejilla de Ignacio. Después, dieron media vuelta y comenzaron a desandar sus pasos para regresar a la playa. Ignacio la abrazaba por la cintura y ella recostaba la cabeza sobre su hombro. Mientras caminaban, Laura contemplaba el cielo despejado y aunque nunca llegó a decírselo a Ignacio, en aquel preciso instante pensó: cómo voy a echarte de menos.

 

 

             Continuará…

 

 

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