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El santuario – vigésimo séptima parte

Trapo sucio, por Carolina López
Trapo sucio, por Carolina López

Aquella noche, Laura había invitado a Fernando y Natalia a cenar. Ignacio no había vuelto a coincidir con ellos desde la “encerrona” que le había preparado la chica días atrás, en la playa. La pareja llegó puntual a las once y media. Laura, que acababa de subir tras haber cerrado el bar, se estaba cambiando, así que Ignacio tuvo que dirigirse hacia la puerta con las muletas para abrirles. Fernando, alto y desgarbado, llevaba el pelo largo recogido y una botella de sidra bajo el brazo. Tras él entró Natalia con su cara sonriente y pecosa.

 

                —¿Cómo estás, Nacho? —dijo Fernando mientras le daba una palmada en el hombro que casi le hace perder el equilibrio con las muletas.

                —Bien, bien, solo ha sido un esguince. Laura se está cambiando, enseguida sale.

                —¡Menudo susto, majo! —exclamó Natalia entrando a la casa y plantándole dos sonoros besos en las mejillas.

                —Si, casi que fue una suerte que me parara el muro, porque si no igual habría seguido hasta el acantilado.

                —Calla, que miedo —y compuso un gesto de aprensión mientras se tapaba la boca.

                —Le dan miedo las alturas, jeje —explicó Fernando—. Una vez fuimos de excursión con unos amigos y se quedó bloqueada en un paso alto. Ni avanzaba ni retrocedía. Estuvimos allí como media hora hasta que logró reaccionar.

                —Eso no se cuenta —protestó Natalia al tiempo que le propinaba a su novio un cachete en el brazo—. Joder, lo pasé fatal. No sé explicarlo… es eso, como un bloqueo.

                —Me hago una idea —respondió Ignacio recordando las peores crisis de ansiedad que había padecido, y cómo una sensación irracional de terror le atenazaba todo el cuerpo en aquellos momentos.

                — ¡Ayyy, que no puedo bajaaar! ¡Que tengo mucho miedooo! —exclamó Fernando en tono de burla mientras fingía que se encaramaba a la pared, como una lagartija. Natalia le fulminó con la mirada.

                —Que cuento yo lo tuyo, ¿eh? —amenazó la chica mientras se cruzaba de brazos—. Lo suyo es mucho peor, Ignacio.

                — ¿Ah, sí?

                —Bah, lo mío le pasa a mucha gente… —dijo Fernando mientras recuperaba la compostura dignamente, y depositó la botella de sidra sobre la mesa del comedor.

                —Sí, claro… ¡Le tiene terror a los enanos! ¿…Lo puedes creer? —le preguntó Natalia a Ignacio al tiempo que forzaba una expresión exagerada de incredulidad.

 

Ignacio se echó a reír, divertido por aquella revelación. Aunque le resultaba chocante, sabía por todo lo que había leído sobre ansiedad, que existían todo tipo de fobias, a cada cual más peculiar e insólita.

 

                —Eso de “enano” es un poco despectivo, ¿eh? —apuntó Fernando.

                —Huy, lo siento —contestó cínica Natalia—… que eres tú el que les tiene miedo, disculpa.

                —Además, no me pasa con todos los enanos… Es sobre todo con los que tienen acondroplasia.

                — ¿Ya estáis como siempre, tormentos? —les interrumpió Laura, que salía de la habitación justo en ese momento—. ¿De qué hablabais?

                —De fobias —le aclaró Ignacio—. ¿Tú tienes alguna?

                —Mmm, déjame pensar… Las arañas me dan mucha grima. Bueno, en general todos los bichos que pican —respondió pensativa.

                —Hostia, pues aquí tiene que haber arañas a mogollón, Laura —dijo Fernando—. Deberías estar totalmente inmunizada contra ellas.

                —Qué va, ¿para qué te crees que tengo a estos? —hizo un gesto señalando a los gatos—. No dejan ni una.

                — ¡Eeegh! ¿Se las comen? —preguntó Natalia mientras arrugaba la nariz componiendo un gesto de asco— Que yo luego les doy besitos…

 

Laura, Ignacio y Fernando rieron a la vez. Los gatos les miraban curiosos y parecían asentir calladamente desde su posición.

 

                —Bueno, en realidad no creo que sea una fobia —siguió explicando Laura—. Vamos, que no me quedo aterrorizada si me encuentro una. Es solo que me dan repelús.

                —Laura, ¿dónde tienes el sacacorchos? —preguntó Fernando mientras se dirigía a la cocina.

                —En el segundo cajón. Espera, que ahora ponemos la mesa.

 

Al cabo de un rato salió Fernando con la botella descorchada y cuatro vasos. Los dejó sobre la mesa y comenzó a servir la sidra.

 

                — ¿No la escancias? —preguntó Ignacio.

                —¿Qué quieres, que me ponga perdido el cuarto de estar? —replicó Laura.

                —Bueno, siempre pueden lamerla del suelo Pipo y Manchas si se derrama —añadió Natalia.

 

Fernando fue pasando un vaso de sidra a cada uno. Ignacio tuvo que repartir el peso de su cuerpo para poder coger el suyo mientras se apoyaba en las muletas.

 

                —Por las fobias —dijo Fernando al tiempo que levantaba su vaso.

                —Si, por los enanos —añadió Natalia mientras le dirigía una mirada cargada de malicia.

                —Por las arañas y las mascotas que se las comen —se sumó Ignacio y los tres miraron a Laura esperando su brindis.

                —Por mí, que para algo soy la anfitriona esta noche, ¿no?… ¡A mi salud! 

 

Los cuatro entrechocaron sus vasos y después los apuraron de una sola vez. Luego pusieron la mesa mientras Laura terminaba de preparar la cena. La velada transcurrió entre risas y anécdotas. Ignacio se sintió muy cómodo con los amigos de Laura y confirmó una vez más la impresión que ya había tenido sobre ellos la primera vez que coincidieron: eran abiertos y cercanos, muy en la línea de Laura. Esto le hizo recordar lo posesiva que era Marta. A menudo se molestaba si Ignacio quedaba con algún amigo, lo que provocó que descuidara algunas de sus relaciones hasta el punto de perderlas. Para colmo, los pocos amigos de Marta solían ser tan estirados y secos como ella, por lo que nunca llegó a sentirse del todo a gusto en su compañía. Pensó que eso es lo que hacían las personas dominantes, aislarte de aquellos que pudieran acaparar parte de tu afecto por percibirlos como una amenaza. Envidió de forma sana a Laura por poder contar con personas buenas como aquellas. Fernando y ella se habían conocido en Oviedo cuando Laura comenzaba el primer año de universidad. Ambos formaban parte de la misma pandilla, aunque ya se conocían de vista. De aquella, Fernando ya estaba saliendo con Natalia y se la presentó a Laura. Los tres hicieron buenas migas enseguida. Natalia trabajaba como dependienta en una tienda de ropa y en sus ratos libres, estudiaba y practicaba distintos tipos de terapias alternativas. Fernando, por su parte, estaba terminando Biología Marina en Oviedo. Le gustaba hablar a menudo sobre ello, pero lo hacía con tal pasión que lejos de resultar cargante, acababa transmitiendo el mismo entusiasmo que él profesaba.

 

 

Continuará…

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