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El santuario – vigésimo sexta parte

Llevaba más de tres días en el piso de Laura. Aunque en principio no quiso aceptar la hospitalidad de la chica (que más bien había sido una decisión impuesta de forma unilateral por parte de ella), lo cierto era que se encontraba mucho más atendido y acompañado que si se hubiera quedado en el hostal. Podía caminar ayudándose de las muletas, pero se veía muy limitado. Laura pasaba con él gran parte del día hasta la hora de abrir el bar, momento que Ignacio aprovechaba para adelantar asuntos de trabajo. Durante esos tres días había terminado un par de proyectos. No hay mal que por bien no venga —pensó. En algunos momentos se aburría bastante, eso sí. Podía salir a la calle, pero solo el hecho de bajar y subir los tres pisos con las muletas le dejaba agotado. El piso de Laura era algo viejo, aunque acogedor. Ignacio pensaba que le hacía falta una reforma en profundidad. La chica había ido haciendo pequeños arreglos aquí y allá para mantenerlo habitable. Se asomó por la ventana mientras permanecía apoyado en las muletas. Podía ver multitud de tejados, algunos muy viejos y de formas irregulares y más allá, parte de la fachada del antiguo teatro, en el centro de la ciudad. Estaba bastante deteriorada, ya que el lugar llevaba cerrado muchos años, pero aún conservaba algunos de sus ornamentos y molduras modernistas.  En otro tiempo habría sido imponente, sin duda, y la envidia en muchos pueblos de los alrededores. Ignacio recordó haber asistido a alguna proyección poco antes de su cierre definitivo. Aunque no estaba seguro, le sonaba que fue una donación de algún indiano, que regresó de hacer las Américas tras haber amasado una considerable fortuna. Siendo niño, recordaba haber visto una placa al lado de la entrada principal que rezaba algo como: “hijo predilecto de esta Villa…”. Ahora se preguntaba si aquel hombre fue realmente un benefactor del lugar que le vio nacer, o solo quiso dejar constancia de su posición y riqueza. Un teatro modernista y de aquellas dimensiones en mitad de la ciudad era muy llamativo, y ya debía resultar ostentoso incluso en el momento de más auge y esplendor de la ciudad. En cualquier caso ahora solo era eso: un vestigio del esplendor de otra época pasada. Entonces se acordó de su padre. De alguna manera vio cierta similitud entre esa vieja ruina y la figura de su progenitor. Durante el último año se había ido convirtiendo en una triste sombra de lo que solía ser. Tan cabal y fuerte como se mostraba en muchos aspectos, y tan dependiente e inseguro en otros. Ya cuando la madre de Ignacio decidió poner fin a la relación, le supuso un duro golpe del que no llegó a reponerse del todo. Al cabo de un tiempo, cuando volvió a rehacer su vida de pareja, logró recuperar una parte de su equilibrio emocional. El propio Ignacio se reconoció en este aspecto. Solía empalmar una relación tras otra y las escasas veces que le habían dejado a él, se había sentido como si le hubieran arrancado un pedazo de sí mismo. Se preguntó si esta cuestión explicaría que fuera tan dependiente, como lo era su padre, y que a menudo se vinculara con personas que le trataban mal. Muy en el fondo de su ser, sintió una punzada de resentimiento. Se dio cuenta de que albergaba este rencor hacia su padre por verle viejo, derrotado y excesivamente dependiente. Al mismo tiempo comprendía que carecía de sentido odiarle por todo aquello. Y debajo de ese odio, reconoció el miedo: miedo a perderle, a quedarse solo y desprotegido… Se preguntó qué estaría haciendo en ese mismo momento, en Madrid. Habían hablado dos días antes, cuando Ignacio le llamó para decirle que había sufrido el accidente con la bici. De quien no había vuelto a saber absolutamente nada era de Marta y curiosamente, tampoco la tenía apenas presente durante el transcurso de los días. ¿Estaba colgado ahora de Laura y por ese motivo le había resultado indiferente mandarla a paseo? Temía que si era así, cuando regresara a Madrid volverían a aflorar los miedos y las crisis de ansiedad. En ese momento uno de los gatitos de Laura le trajo de vuelta a la realidad, al pasar entre sus piernas y frotarse contra la férula que llevaba en el pie. Se sentó en el sofá a descansar, pues había permanecido demasiado tiempo sobre las muletas. El animal se subió sobre él, se hizo una rosca y empezó a ronronear. A pesar de que a Ignacio nunca le habían llamado especialmente la atención los gatos, le reconfortó mucho su compañía. Al cabo de un rato se durmieron los dos.

 

Por la noche, Laura subió un trozo de empanada casera que había horneado ella misma en el bar y la cenaron  acompañada de una ensalada. Ignacio temía ganar más peso de la cuenta durante el tiempo que tuviera que guardar reposo. Todo lo que cocinaba Laura estaba riquísimo y le costaba resistirse cuando se lo ponía delante, presentado con tan buena apariencia.

 

                —Estaba muy buena, Laura, pero me voy a poner gordísimo a este paso… No me muevo nada.

                —Anda, exagerao… Si solo vas a estar convaleciente dos semanas o tres a lo sumo.

                —A razón de dos kilos por semana suman unos seis.

                —Creo que estarías muy guapo con la cara un poco más llenita —dijo Laura divertida. Ignacio se limitó a poner los ojos en blanco.

                —Oye, te quiero compensar un poco económicamente, que estoy quedándome en tu casa y creo que es lo justo.

                —Que ya lo hemos hablado, no seas pesado, Ignacio —respondió ella con fastidio—. Mi casa no es una pensión. Tú estás aquí como invitado, ¿estamos?

                — ¡A sus órdenes, mi coronel!

                —Pues eso, deja ya el tema. Además, ya me pagas… En especies —dio entornando los ojos y sonriendo de forma maliciosa—. Te voy a encerrar en el dormitorio y te voy a atar a la pata de la cama… Después te alimentaré a base de tranchetes que te iré pasando por debajo de la puerta.

                —Pediré socorro por la ventana a gritos. Diré que me has secuestrado.

                —Nadie oirá tus gritos —dijo mientras se sentaba a horcajadas con cuidado sobre él y le rodeaba con sus brazos.

                —Eres mala, ¿eh? Te…

                —Mucho —le silenció plantándole un beso en los labios.

 

 

Continuará…

 

 

 

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