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El santuario – vigésimo tercera parte

Sem Nome, por Davi Martins
Sem Nome, por Davi Martins

Después de dejar a Laura en el bar, Ignacio dedicó el resto de la tarde a adelantar trabajo. En aquella ocasión se sintió más cómodo trabajando en una cafetería provista de wifi. Desde el episodio desagradable con Marta en la habitación del hostal, no terminaba de encontrarse del todo a gusto, aunque él ni siquiera era totalmente consciente de esto. Como permaneció casi cuatro horas sentado, tuvo que pedir varias consumiciones para poder permanecer en la cafetería. Entremedias, aprovechó para hacer un par de llamadas pendientes a algunos de sus clientes. Después recogió su portátil, abonó la cuenta y dejó la cafetería. Se dirigió entonces a una tienda de alquiler de bicicletas, a la que ya había echado el ojo algunos días atrás. Llevaba un tiempo dándole vueltas a la idea de hacer una excursión, y como había dejado su coche en Madrid, pensó que una bicicleta era una buena alternativa. Aquella misma mañana, mientras paseaba con Laura por la pista que seguía la línea de la costa, había resuelto alquilar una sin falta. Una vez en la tienda, estuvo valorando distintas opciones y creyó que lo más conveniente era optar por una de montaña.

 

Después de dejar el portátil en el hostal, estuvo dando una vuelta con la bici por el parque. Al principio se notó algo torpe, pero enseguida fue cogiendo soltura. La bicicleta tenía una amortiguación muy fuerte, que la hacía rebotar con cualquier pequeño bache, por lo que Ignacio tenía que hacer bastante fuerza con sus brazos para manejarla. Recorrió después todo el casco antiguo, la zona de las urbanizaciones, que le resultó totalmente nueva, y las afueras de la ciudad. Volvió sudoroso y agotado al hostal. Preguntó si podía dejar allí la bici. El hijo del propietario, que estaba a cargo en aquel momento, le mostró un pequeño cuartito habilitado como trastero. Guardó allí la bici y de vuelta a su habitación, se desvistió, se envolvió en una toalla y salió al pasillo para dirigirse al baño comunitario. Justo en ese instante, salía una pareja de una de las habitaciones. Al cruzarse con Ignacio en el pasillo, la chica, que llevaba varios piercings en la cara, le miró descaradamente al tiempo que esbozaba una sonrisa pícara. Ignacio saludó en voz baja y algo cohibido. Al entrar en el baño se miró en el espejo. Tenía los músculos tensos por el esfuerzo que acababa de realizar con la bicicleta. No estás mal, Ignacio —pensó mientras contemplaba su torso frente al espejo, y comenzó a hacer posturitas para marcar músculo. Si viviera en un sitio así, haría deporte a menudo. Llevaría una vida más sana… Bueno, solo respirar este aire ya es mucho más sano de por sí —se dijo.

 

Al volver a su habitación comprobó su móvil y vio que tenía una llamada perdida de Laura. Le había dejado un mensaje en el buzón de voz, en el que le decía que su padre iba a estar en La Estación entre las siete y las ocho, por si le apetecía pasar a saludarle. Antes de tomar una decisión, le envió a la chica un mensaje preguntándole si le había contado algo a su padre sobre lo que había ocurrido entre ellos. Laura le tranquilizó contestándole que no le había contado nada. José, que así se llamaba el padre de Laura, era un hombre muy corpulento y con cara de bruto, o eso opinaba Ignacio. Si hacía algo de abstracción y se ponía en el lugar de José, podía entender que quizás no le haría ninguna gracia enterarse de que su hija se había liado con un hombre diez años mayor que ella, y que para colmo, estaba de paso en la ciudad. Por otra parte, el propio Ignacio solía pasar mucho tiempo en el bar cuando era adolescente, por lo que también esta persona ocupaba un lugar importante en sus recuerdos y le apetecía volver a verle. Le recordaba algo taciturno de siempre, o al menos esa es la impresión que solía dar José. Hizo algo más de tiempo hasta la hora que le había indicado Laura y salió hacia La Estación.

 

Cuando entró en el bar, José estaba detrás de la barra. Ignacio buscó a Laura con la mirada, pero no había ni rastro de la chica. Debía estar en la cocina o en la bodega. Se acercó a la barra y le tendió una mano a José, al tiempo que le saludaba tratando de sonar seguro de sí mismo.

 

                —Hola, ¿qué tal, José? Soy Ignacio… ¿Se acuerda de mí?

                —Ahora que te veo ya me acuerdo de ti —respondió en un tono de voz neutro, mientras le estrechaba con fuerza la mano.

                —Han pasado muchos años… más de quince, creo —dijo Ignacio sintiéndose un poco torpe y cohibido ante la situación—. ¡El bar está tal y como lo recuerdo!

 

José seguía mirándole desde detrás de la barra con una cara que apenas denotaba emoción alguna, lo que provocaba que Ignacio se sintiera aún más incómodo. No sabía si aquella tensión entre ambos era real o estaba solo en su cabeza. Recordó que ya años atrás, José era una persona más bien poco expresiva a todos los niveles. En ese momento apareció Laura, que venía de la cocina y para alivio de Ignacio, relajó la tensión al momento saludando con su habitual desparpajo.

 

                —¡Hola! ¿Llevas mucho aquí?

                —Que va, acabo de llegar —respondió Ignacio mientras pensaba que si bien solo llevaba un par de minutos, la sensación que tenía era de que había transcurrido al menos una hora.

                — ¿Te acuerdas de Nacho, papá? —le preguntó sonriente Laura a su padre. José se limitó a emitir algo que se asemejaba a un gruñido de asentimiento.

 

Está demasiado feliz… ¿Por qué sonríe tanto? —se preguntaba nervioso Ignacio, temiendo que el padre de Laura se imaginara algo sobre lo que había pasado entre ellos. Ya dudaba de si era paranoia suya, pero habría jurado que José comenzaba a mirarle con recelo. Estuvieron hablando, aunque casi fue más bien un monólogo del propio Ignacio. Esto le hizo ponerse cada vez más y más nervioso. Al cabo de media hora, Laura despidió a su padre y este volvió a estrecharle la mano al visitante. La mano de José era enorme, por cierto. Más bien una manaza —pensó Ignacio.

 

                — Joer, que mal rato, Laura. Ha estado super seco conmigo. Seguro que ya le han contado por ahí que nos han visto juntos.

                —¡Que nooo!  Tranquilo, no te rayes. Es así con todo el mundo. Es un hombre muy cerrado y parco en palabras… o acaso ya no te acuerdas.

 

Ignacio se quedó pensando. La verdad era que hasta donde alcanzaba a recordar, siempre tenía una imagen de José con esa misma expresión neutra, que no dejaba traslucir ningún estado de ánimo concreto. Esto le tranquilizó un poco.

 

                —Mi padre es así, Nacho. No te preocupes, de verdad que te aprecia… Cuando le hablé de ti me dijo que te recordaba y que le parecías buen chaval.

                — ¿De verdad? —preguntó Ignacio incrédulo.

                —Te lo prometo… Además, él valora mucho el hecho de que te marcharas de aquí para seguir con tus estudios.

                —Ah, bueno, pues si es así ya me quedo más tranquilo —dijo mientras relajaba un poco su postura sobre el taburete.

                —¡Jajajá! A mi padre hay que saber entenderle, Nacho. ¿Sabes? De pequeña me daba un poco de miedo. Pensaba que estaba enfadado todo el tiempo porque nos portábamos mal, o algo así —explicó Laura—. Lo tuvo que pasar mal de niño. Mi abuelo paterno debía ser de aupa, aunque yo no llegué a conocerle, pero cuentan que era muy rígido… muy frío y autoritario. Con los años he aprendido a ver que mi padre me quiere realmente, pero que lo demuestra a su manera.

                —Vaya, que pena, ¿no? —se lamentó Ignacio.

                —A mí me da pena por él, porque veo que se “come” las cosas solo, como con lo de mi madre… No habla de ello ni se desahoga con nadie.

                —Vaya —volvió a repetir y se sintió estúpido al no saber qué otra cosa más decir.

                —Vamos, que le has visto digamos “relajado y amigable”. Si realmente supiera algo, te aseguro que lo habrías notado… sin duda, jejeje.  

 

Aquel último comentario de Laura, seguido de su risa traviesa, dejó un poso de intranquilidad en la boca del estómago de Ignacio.

 

                —Pero estate tranquilo, Nacho, que al menos yo no le voy a contar nada, ¿vale?

 

Asintió y al momento se sintió algo contrariado; por un lado notó alivio, pero al mismo tiempo le provocaba cierta irritación no sentirse importante para Laura, como si esta no le concediera valor. No dijo nada, pues enseguida se dio cuenta de que no podía justificarse: él estaba allí de paso y lo suyo con Laura, al fin y al cabo, no era más que una aventura pasajera. No tenía ningún sentido poner al corriente a su padre sobre lo que había surgido entre ambos durante aquellos días.

 

 

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